El futuro es de las máquinas

Traspasando el campo de la ciencia ficción, los robots están cada día más aceptados en el entorno laboral, mientras empiezan a dar sus primeros pasos en muchos hogares del mundo. Al mismo tiempo, asistimos al nacimiento de una nueva especie, producto de la fusión del ser humano y la máquina: los ‘cyborgs’.
 
 Robótica colaborativa: la alianza entre humanos y robots
Buddy es un robot de metro y medio de altura con una interfaz amigable que recuerda a los dibujos japoneses. También es el primer robot doméstico de bajo costo. Puede monitorear la casa para enviar alertas, contestar llamadas de teléfono y hacer compañía a niños con autismo o a personas mayores. Sus creadores, la compañía francesa Blue Frog Robotics, planean sacarlo al mercado el próximo año a un precio similar al de un Smartphone o un ordenador. Dentro de poco cualquier familia podrá tener un robot. Así, las máquinas se integran poco a poco en nuestra sociedad: colaboran en las labores domésticas, participan en terapias de rehabilitación e incluso interactúan con los humanos en el espacio de trabajo. Si bien son muchas las facilidades que ofrecen, la integración de los robots en el mercado laboral puede remontar a algunos a la Revolución Industrial del XIX, cuando los artesanos destruyeron los telares automáticos que iban a sustituirlos en sus puestos y, por lo tanto, quitarles el dinero con el que conseguían sobrevivir cada día.
En los países más industrializados, se estima que hay 400 robots por cada 10.000 empleos. Cada año se incorporan unos 200.000 robots al mercado laboral. A pesar de lo apocalíptico de la situación, Javier Serrano, en su ensayo El hombre biónico (Almuzara, 2015), señalaba también sus muchas ventajas. Las tareas más pesadas quedarán relegadas a las máquinas, mientras que el factor humano seguirá siendo necesario para la supervisión o el mantenimiento de las mismas. ¿Cuál es el problema entonces? El ser humano está sometido a una continua presión por adaptarse. En un futuro, el trabajador tendrá que reinventarse cada semana para alcanzar al nivel de sus competidores robóticos, que no rechazarán ninguna tarea y siempre serán hábiles en ellas. Pero aunque muchas personas no consigan ponerse al día, todavía existen trabajos que las máquinas no pueden realizar. Seguimos prefiriendo el contacto las personas al de un conjunto de cables; el calor humano a la frialdad que desprenden las máquinas. Creemos que las emociones son necesarias para la enseñanza y el cuidado de trabajos artesanos y los “hecho a mano” siguen prevaleciendo sobre la fabricación automatizada.
¿Qué supondría ir a la consulta del médico y ser atendido por un robot? El escritor también fantasea sobre algunas de las ventajas que ofrecerían los médicos-máquina: guardarían información sobre el historial del paciente, tendrían referencias sobre los miles de fármacos disponibles y tomarían nota de nuestros hábitos y personalidad para elaborar un diagnóstico completo. Serrano explica que la empatía o sensibilidad de un médico no puede ser sustituida por un robot pero, matiza, a veces las personas solo quieren que los escuchen y eso una máquina puede hacerlo perfectamente. “Lo que está en la raíz de muchas dolencias y patologías es desagraciadamente la soledad o pérdida de relación con el entorno”.



A día de hoy, los robots no desarrollan la función de un médico, pero sí realizan pequeñas cirugías. Manuel González Bedia, ingeniero de sistemas de la Universidad de Zaragoza, resalta la precisión de las máquinas para llevar a cabo determinadas tareas. Si se programa a un robot para que haga una incisión de 6 milímetros y medio, la máquina realizará la incisión con más eficiencia que un humano. Sin embargo, tendrá que operar bajo supervisión. El médico es quien facilita las órdenes a la máquina. Bedia no cree que nadie pudiera ponerse en manos de un robot si no hay una persona detrás dándole instrucciones.
¿Qué ocurre cuando no hay una persona detrás? Más allá del riesgo al que estés dispuesto a someterte, cuando una máquina tiene el control de la tarea que realiza se pierde la noción de responsabilidad. El proyecto de Google de fabricar una gama de coches sin conductor está más avanzado de lo que los medios cuentan, pero estancado a la hora de salir al mercado porque han tropezado con un gran obstáculo. Cuando una persona conduce ebria y tiene un accidente, esa persona es la responsable. Sin embargo, si es el robot el que falla, porque una máquina también tiene un margen de error en su actuación, ¿quién es el responsable? ¿El ingeniero que lo diseñó? ¿El robot? Bedia cree que la pena de cárcel que se impone a una persona que ha cometido un accidente produce una reparación simbólica socialmente aceptada. Esa persona recibe un castigo por el daño que ha cometido, pero no existe ninguna reparación social cuando se castiga a un robot. Mientras la tecnología se desarrolla y se siguen construyendo modelos que se asemejan al Coche fantástico, las aseguradoras y las empresas siguen debatiendo con un problema que es más ético que técnico.

La rebelión de las máquinas
“Un robot no puede dañar a un ser humano, ni por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.” La primera ley del código moral de conducta robótica fue ratificada por Isaac Asimov en su novela de ficción, en la que otorgaba a las máquinas la capacidad de actuar. Mientras que nosotros creamos continuamente reglas para evitar cualquier posible vacío en una acción, Asimov creía que los robots solo necesitaban tres. La primera y más importante de todas es que no podían rebelarse contra sus creadores.
La ley del escritor ruso daba solución a un miedo que él mismo definió como el “complejo de Frankenstein”: la creación sublevándose contra su inventor. La rebelión de las máquinas ha sido objeto de interés de la ciencia ficción desde hace casi setenta años: en un mundo futurista, los artefactos que fueron concebidos para ayudar a los humanos se amotinan contra ellos. Un temor que arrastra la humanidad desde que empezó a preguntarse qué ocurriría cuando un robot, que carece de raciocinio o emociones y que no actúa bajo ningún rasgo humano, no pudiera ser controlado.

En respuesta, aporta otra reflexión, mucho más contundente y real: el mundo ya está automatizado y hace años que hemos dejado de tener el control. “Estábamos temiendo que las máquinas acabaran con nosotros y lo que va camino de acabar con nosotros son las reglas de la economía global que nos hemos impuesto”. El ingeniero cree que estamos atrapados en una crisis de la que no podemos salir por las reglas de transacción de dinero que hemos instaurado nosotros mismos. Vivimos en una red global de numerosos agentes a los que no podemos detener para buscar una solución. “Hemos construido un sistema que ahora no nos deja interrumpirlo”, concluye, “hemos automatizado tanto el mundo que no somos capaces de cortar”.

 

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